Crónicas de la historia: Hebe, las Madres y el 2001

En Mañana Imposible, Manuel Barrientos nos trajo una crónica especial sobre Hebe, las Madres y el 2001.

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2001

Estaba recostada en una piecita que tenía en la sede de la Universidad, en Hipólito Yrigoyen al 1400, y la llamaron por teléfono. “Hebe, está llegando gente de todos lados. ¿Por qué no venís a la plaza?”, le dijeron.

Las Madres se habían ido a sus casas y ella no se animaba a bajar sola y meterse entre la gente. Le insistieron: la iban a pasar a buscar. Se vistió. Ni bien bajó, observó que se prendían las hogueras en cada esquina. Se fue para la plaza, pero cuando llegó, empezaron los gases y tuvo que correr. Un pibe mojó su camiseta para cubrirle la cara, pero estaba llena de gas y fue peor.

La recubrieron en una obra en construcción para que pudiera respirar, porque ella es asmática. Después corrieron como pudieron y volvieron a la sede. Ahí habló con las Madres y les dijo: “Vengan porque la cosa está pesada y nosotras tenemos que estar. Nos vamos a agrupar en Congreso”.

Llegaron tres o cuatro y se subieron a las escalinatas del Congreso. Al rato la cosa se puso bravísima, con gases y palos. Así que volvieron a la sede de Madres, pero escucharon cómo les rompían los vidrios.

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Pensaba que era muy bueno que la gente se convocara sola. No venían con partidos, cada uno marchaba para decir: “Basta, esto ya no va más”. En cada esquina se prendía una hoguera, que era como una señal. Algunos iban tocando ollas, otros llevaban a sus chicos a babuchas.

Hicieron un comunicado: repudiaban el decreto del estado de sitio.

Decidieron ir a la Plaza con una mesa, un megáfono y unos papeles para que la gente firmara el comunicado. Pero antes de salir prendieron la tele y vieron que estaban arrastrando de los pelos a una piba embarazada vestida de rojo. Entonces le dijo a Beba: “Vámonos ya. Mirá lo que está pasando”. Y se fueron juntas para la Plaza. Cuando llegaron, fueron a preguntarles a los milicos dónde estaba esa piba. Ahí se armó, pero no se imaginaron lo que iba a pasar. Cuando pusieron la mesa y el megáfono, al ratito vinieron los milicos y rompieron todo a las piñas. Se empezaron a agrupar, sin pensar en lo que les iba a pasar. Aunque veían que a la gente alrededor le pegaban.

La caballería ya estaba dando vueltas por la Plaza. Adelante se pusieron los de Infantería, que siempre eran los peores. Estaban pegándole a la gente. Entonces, ellas se agarraron de los brazos unas a otras y empezaron a gritarles “Hijos de puta”, porque no se iban a quedar calladas. Ahí vinieron a pegarles, por adelante y por atrás.

La gente no lo podía creer, literalmente fue el límite. Era muy fuerte ver que les pegaran a unas viejas que lo único que tenían era la palabra y la historia. Y que los tipos les pegaran desde arriba de un caballo o con palos por la espalda era una cobardía absoluta. Las imágenes daban vuelta el mundo. Correrlas a caballo y pegarles fustazos era inédito. A una compañera le sacaron las uñas y a ella le dieron unos fustazos en la barriga y en la espalda.

Los más jóvenes las querían llevar a las casas, y ellas decían: “No, nos queremos quedar acá”. Del hospital, volvieron todas a la sede y se quedaron ahí toda la noche, hasta bien tarde, porque querían ver qué pasaba. Cuando se enteraron que estaban matando a los pibes era… ¡Dios mío! Era una salvajada tan grande, sin límites. Pero los responsables nunca dieron explicaciones.

Hebe hace cinco años decía: “Se abrió otra etapa completamente diferente, que también fue inesperada, porque nadie en 2003 pensaba que iba a pasar lo que finalmente sucedió. Y ella, menos que nadie, pero por suerte pasó”.